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ENRIQUE GARCÍA RUIZ DE GALARRETA

17 de febrero de 2025

Enrique García Ruiz de Galarreta, Ingeniero Industrial de especialidad Técnicas Energéticas y con una larga trayectoria -30 años- en Cooperación al Desarrollo

#entrevistasCOIIA

Enrique García Ruiz de Galarreta

Enrique García Ruiz de Galarreta, ingeniero industrial de especialidad técnicas energéticas y con una larga trayectoria -30 años- en cooperación al desarrollo. Ha cursado también un Máster Universitario en Cooperación al Desarrollo. Como director-gerente del Colegio de Ingeniería Industrial de Álava hasta finales de 2023, participó, junto a otros colegas, en 1995 en la fundación –en el marco del Colegio- de la ONGD Ingeniería para la Cooperación-Lankidetzarako Ingeniaritza (ICLI), una organización que desde entonces ha crecido y se ha extendido a toda la Comunidad Autónoma, logrando ejecutar 308 proyectos en 27 países y movilizar más de 23 millones de euros. En la actualizada forman parte de ICLI unas 450 personas. Su dedicación no solo ha generado resultados tangibles, sino también momentos de felicidad para miles de personas, como él mismo afirma en otras entrevistas que se le han hecho. 

Enrique se jubiló hace un año, y sigue colaborando con ICLI. Es también el Delegado de Álava de la coordinadora de ONGDs y miembro de la Junta de Gobierno.

Por si acaso el lector no llega hasta el final de la entrevista, nos pide que pongamos en primer lugar la siguiente pregunta: ¿Cómo invitarías a alguien a explorar el mundo de la cooperación, especialmente en ICLI? ¿Qué formas existen para que una persona pueda colaborar con ICLI? 

Le diría que la cooperación es una experiencia transformadora y muy enriquecedora, no solo para las comunidades beneficiadas, sino también para quienes participan en ella. En ICLI hay muchas formas de colaborar: desde la formulación de proyectos –que requiere una formación específica-, hasta la organización de actividades de sensibilización y comunicación; desde la gestión de la web o las redes sociales, hasta la elaboración de la revista o publicaciones… También se puede colaborar mediante contribuciones económicas, de las que casi el 50% se puede recuperar por ser una entidad declarada prioritaria de mecenazgo. En cualquier caso, incrementar la base social supone también una colaboración. Toda ayuda cuenta, así podemos seguir construyendo un mundo más justo y sostenible.

Y tras esta llamada a la implicación, seguimos con la entrevista…

¿Cómo surgió la idea de fundar Ingeniería para la Cooperación-Lankidetzarako Ingeniaritza (ICLI) en 1995? 

En la década de los 90, un grupo de colegiados compartíamos una inquietud común: aplicar nuestros conocimientos para mejorar la calidad de vida de comunidades en situación de vulnerabilidad. Dos de esos compañeros ya nos han dejado: Luis Herrero y Luis Ruiz de Gauna. El Colegio estaba desarrollando en aquellos momentos un proceso de reflexión, que culminó en un Plan Estratégico en el que se recogió esa idea, tanto con el objetivo de dar respuesta a las inquietudes que en ese sentido tenía nuestro colectivo, como de despertarlas.

Así nació ICLI, con la idea de canalizar el conocimiento técnico, la experiencia, los contactos, etc. de las personas colegiadas hacia proyectos de cooperación al desarrollo, aportando soluciones sostenibles en agua, energía, infraestructuras, formación, salud, etc. Lo que comenzó como un sueño modesto en el contexto del COIIA, recibió una gran acogida y se extendió posteriormente a Bizkaia y Gipuzkoa.

¿Qué desafíos enfrentasteis en los primeros años de la organización y cómo lograsteis superarlos? 

Uno de los desafíos fue –y sigue siendo- conseguir financiación para los proyectos y consolidar nuestra estructura organizativa. Y es que, desde el principio, los miembros de ICLI trabajan de manera voluntaria y altruista, y con recursos limitados. Teníamos que ganarnos la confianza de las entidades financiadoras, y para ello trabajar con especial profesionalidad los proyectos. Teníamos también que establecer contactos con entidades serias de los países destinatarios. Gracias a esa profesionalidad del voluntariado de ICLI, como del personal de las entidades locales, conseguimos la colaboración de entidades públicas y privadas, y logramos establecer un modelo sostenible. 

Para logarlo, fue necesario -en cierta forma- una especie de reciclaje profesional por nuestra parte, porque como profesionales de la ingeniería nos sentimos cómodos con los aspectos técnicos o ingenieriles de los proyectos, pero hemos tenido que formarnos y ser capaces de profundizar en los aspectos sociales, transformadores, etc. de los trabajos: no queremos simplemente implementar una electrificación rural, sino que queremos mejorar la vida de la gente mediante la implementación de una electrificación rural. 

Para participar en proyectos de cooperación al desarrollo no hace falta solo buena voluntad… es preciso formarse y dedicar tiempo.

Después de tantos años dedicados a proyectos de cooperación, ¿Qué aprendizajes o valores te llevas? 

Uno de los aprendizajes más valiosos es que la cooperación requiere empatía, respeto y trabajo conjunto con las comunidades. No se trata de imponer soluciones, sino de acompañar procesos de desarrollo. Y como decía antes, no se trata de pensar sobre todo en la eficacia, en las instalaciones, construcciones o los presupuestos, etc., sino de pensar en las personas. 

También he aprendido la importancia de ponerse en el lugar de las personas con las que trabajamos y no juzgar desde nuestra visión: comprender sus limitaciones de recursos, adaptarse a sus tiempos, etc., y también entender, respetar y enriquecerse con su forma de ver la vida o de trabajar. Evitar el riesgo de un nuevo “imperialismo” cultural, ideológico, etc., por considerar que deben adaptarse a nuestros criterios y/o hacerlo a nuestro ritmo.

Otro aprendizaje del trabajo de estos años ha sido el caer en la cuenta de que estamos hablando de derechos de las personas, a los que hay que dar respuesta. La cooperación al desarrollo no puede abordarse desde una postura “paternalista”, y menos aún “condescendiente”, sino que se trata de reconocer esos derechos inalienables de las personas y trabajar para que se respeten. Y, en ese contexto, de un modo especialmente urgente, dramático y necesario, los derechos de las mujeres.

¿Qué emociones sientes cuando visitas una comunidad en la que se está desarrollando un proyecto de ICLI y ves el impacto directo en sus vidas? 

Es una mezcla de alegría, gratitud y responsabilidad. Ver que un pozo de agua, una instalación solar o una escuela transforman la vida de las personas singulares y concretas, con rostro, es profundamente gratificante. 

Se siente también cierto sonrojo, porque eres consciente de que ese agradecimiento que te manifiestan no es por ti, sino por toda la gente que ha trabajado el proyecto, que lo ha financiado…, y porque, además, aunque se sientan en la obligación de expresarte su agradecimiento, te dan ganas de recordarles que, en el fondo, no tienen nada que agradecerte, sino que se trata de dar respuesta a un derecho que tienen.

Obviamente te das cuenta de que, con esos proyectos, no llegas a cambiar el mundo, de que sigue habiendo millones de personas en situación de pobreza, de vulnerabilidad… pero te consuela constatar que, al menos esa población donde se ha ejecutado el proyecto, ha mejorado un poco sus condiciones de vida. Y con eso, sientes el compromiso de seguir trabajando para ampliar ese impacto y llegar a más comunidades. Esos momentos refuerzan la razón de ser de ICLI y la importancia de nuestra labor.

¿Qué es lo que más te gusta de colaborar con ICLI? 

La posibilidad de combinar la ingeniería con la solidaridad y la justicia social. Me motiva saber que nuestro trabajo tiene un impacto real en la vida de las personas: ¡lo he visto! 

Además, estos años en ICLI me han permitido conocer a personas extraordinarias: aquí y en los países del Sur. Personas que desarrollan una labor increíble y muy meritoria; personas que no dedican parte de su tiempo a los demás, sino que dedican su vida. He hecho muchos amigos, con quienes mantengo contacto frecuente: en Costa de Marfil, en Perú, en El Salvador, en Venezuela, en Nicaragua, en Angola…

Y he aprendido -estoy aprendiendo- un montón. 

¿Qué te inspira a seguir adelante en momentos de dificultad o cuando los resultados no son los esperados? 

El compromiso con las personas y mis convicciones cristianas son mi mayor motivación. Saber que cada esfuerzo suma y que, a pesar de los obstáculos, nuestro trabajo marca una diferencia para la población sujeto del proyecto. Recordar los momentos pasados con esas personas supone un estímulo para no tirar la toalla, y para seguir dedicando horas.

Obviamente, la dedicación y participación de otros colegas en ICLI es fundamental. Compartimos un mismo sueño y eso nos impulsa a seguir adelante.

¿Cómo ves el futuro de la cooperación al desarrollo en el ámbito de la ingeniería?

Creo que la cooperación en ingeniería tiene un futuro prometedor, especialmente con el avance de tecnologías sostenibles y digitales. La ingeniería es clave para enfrentar desafíos como el cambio climático, el acceso a energía limpia o el abastecimiento de agua potable. La colaboración de ICLI con el Colegio, con instituciones académicas, otras ONGs, etc. puede potenciar soluciones innovadoras y escalables.